La lasaña de mi abuela
En 1965, mi abuela llegó a Queens, Nueva York, con mi abuelo, mis dos tíos y mi padre, quien tenía apenas seis años. Dejaron atrás Santo Domingo en medio de una revolución, cargando poco equipaje pero trayendo algo invaluable: las recetas de mi abuela. En la República Dominicana, la familia era enorme. Decenas de primos, tíos, hermanos y padres se reunían en casa de mis abuelos para celebrar juntos. Cuando llegaron a este país, eran solamente ellos. Pero mi abuela siguió cocinando. Sus recetas fueron el puente entre dos mundos, entre lo que dejaron y lo que estaban construyendo. Con el tiempo, la pequeña mesa en aquel apartamento en Queens fue creciendo. Mis tíos y mi padre formaron sus propias familias, y poco a poco, la casa volvió a llenarse de vida y energía, como antes en Santo Domingo. Cuando mi hermano gemelo y yo llegamos, nos unimos a esa mesa, pero también a la cocina. Horas antes de cada reunión familiar, ayudábamos a mi abuela a preparar la comida, robando pequeños bocados porque no podíamos resistir. De todo lo que cocinaba, su lasaña era lo más esperado. Si le preguntaras a cualquier miembro de mi familia cuál era su mejor plato, todos responderían lo mismo. Hasta nos peleábamos por los sobrantes. Esa lasaña no era solo comida. Era prueba de que, sin importar cuánto cambia la vida, una familia puede volver a encontrarse alrededor de una mesa.
– Luis Ortega
Relationship: Grandchild of im/migrant Grandchild of im/migrant